ELENA SANTIAGO (Veguellina de Órbigo, León – Valladolid, 2021)

(c) Henar Sastre

EL ÚLTIMO CAFÉ

Querida Elena.

Hay una oscuridad infinita que brota de la escarcha que ha congelado los corazones de todos los que te adoramos, cuando Pablo nos ha clavado en el alma el arpón lacerante de tu marcha. Me gusta más esa palabra –marcha– que pérdida, porque te quedarás de muchas maneras para siempre con nosotros, y porque sé que te has marchado a otro lugar que harás más hermoso con la magia de tus palabras, con tu delicadeza, con tu bondad, con el bálsamo reparador de tu sonrisa infinita.

Tú, que tanto hablabas de oscuridad en tus versos, en tus novelas y en tus cuentos, eres luz y color a raudales. Tus ojos son el brillo del agua de la vida, tus rizados cabellos de oro son los de la jovencita candorosa que nunca dejaste de ser, y tu voz, ay, tan cantarina y alegre como el curso del Órbigo que te vio nacer para que hicieras un poco mejor este mundo en que nos dejas a merced de un repentino desamparo.

Hablando de oscuridad. Así fue como nos conocimos. Te pedí que me respondieras a unas preguntas sobre Ángeles Oscuros, esa encantadora historia sobre tus raíces que te publicó Edilesa, en su colección ‹‹Libros de la Candamia››. Entonces yo emborronaba mis primeras cuartillas en León, y venía los fines de semana a Parquesol, muy cerca de tu casa. Y no te remití un cuestionario para publicarlo en un periódico de gran tirada o en un suplemento cultural de prestigio. Entonces yo firmaba mis primeras colaboraciones en Transeúntes, ese periódico que los menos favorecidos vendían por las calles de la capital del viejo reino. Pero me atendiste con la amabilidad y el respeto con que hubieras respondido al crítico más reputado, al articulista más insigne. Y no solo eso, unos meses después, cuando presenté mi primer libro en León, hace casi veinticinco años, como no podías estar presente para respaldarme, mandaste al mejor embajador posible, para que me transmitiese tu calor y tu apoyo.

Así fue como nos conocimos Pablo y yo. Pablo, siempre Pablo, mi mejor aliado. El bendito culpable de que tú hayas participado en muchos proyectos literarios, incluso cuando tu salud empezaba a resquebrajarse, sin que tu brío inagotable y tu generosidad nos hicieran presagiar que empezabas a apagarte, porque tus rizos dorados, tu mirada azul, tu sonrisa deslumbrante y tus palabras evocadoras seguían resplandeciendo como si fueras todavía la escritora incipiente que, a golpe de genialidad y de talento había escarbado un merecidísimo lugar de privilegio en un panorama hecho casi exclusivamente a la medida de los grandes varones precedentes a ti y de los que compartieron tantos y tantos momentos de gloria como nos deparaste. Sin encumbrarte, con la humildad sencilla de la escritora, esposa y madre que volaba con la imaginación sin separar los pies del suelo.

Y en 2009 nació CONTAMOS LA NAVIDAD, y me dirigí a ti con esa admiración que siempre te he profesado, esperando que dotaras de una luz especial a aquel libro que rindió a Antonio Pereira un homenaje como el que nunca hubiéramos querido dedicarte a ti, o al menos no tan pronto. Y para aquel libro nos regalaste un cuento ambientado en otro de los mundos que tanto te ha gustado plasmar en tus historias, el de los sueños. Y la conmovedora Sela nos hizo vibrar, emocionarnos, pensar en la vida como el más maravilloso de los regalos. Aquel Ella soñaba sigue siendo, doce ediciones después uno de los pasajes más hermosos que CLN dejará para los anales de la narrativa contemporánea.

Pero esa no fue tu única participación en CONTAMOS LA NAVIDAD. Cuatro años después volví a pedirte que nos regalaras otro de tus fantásticos cuentos para dar más esplendor a nuestro proyecto cultural. Esa fue la única vez que me pusiste una condición. Una condición que hablaba de tu grandeza, también, como abuela. Me dijiste que tenías una nieta que escribía. Una nieta que era hija de Pablo. Y así fue como decidimos darte una sorpresa que el embrujo de la Navidad, y la complicidad de tu hijo, de Ángela Hernández Benito y de Paz Altés hicieron posible. Entre todos decidimos que pasaras a la historia de la literatura como la primera abuela que daba la alternativa literaria a su nieta, compartiendo las páginas de un libro. Y así, con el beneplácito de todos los escritores participantes, te pusimos a la cabeza, para que abrieras Un cuento por Navidad, y Elena, nieta, lo cerraría, y Pablo os escribió una carta que atesoraba, al mismo tiempo, amor de hijo y de padre; e ilustró vuestros cuentos con dos fotografías que albergaban la belleza de una flor y la luz de una farola. Porque eso eres también, mi querida Elena, flor y luz. Recuerdo tu impaciencia cuando llegaste a la Casa de Zorrilla, cómo le manifestabas a Paz Altés tu preocupación porque era la hora de la presentación y los libros no habían llegado a tiempo. Nadie quería que descubrieras la sorpresa hasta el último instante. Y luego todo ocurrió como en el más hermoso cuento de hadas que se pudiera escribir. Y nos volviste a manifestar, como rezaba el título de tu cuento, que siempre has sido Amor y Navidad.

Podría decir tantas cosas de ti. Podría afirmar que nunca terminaste de creerte tu propia grandeza literaria, que no llevabas del todo bien que –más allá de Veguellina, donde te adoran y valoran en tu justa medida– en León no te consideraran del todo leonesa, porque vivías en Valladolid, y que en Valladolid te atribuyeran una adopción postiza, porque nunca renegaste de tu condición leonesa. Podría decir tantas cosas… Pero solo diré una más. Siempre tenías la sensibilidad de guardia, la palabra precisa y preciosa a flor de labio. ¿Recuerdas cuando participamos en Relatos mayores y preferías sentarte a retaguardia, a mi lado, en vez de situarte en las sillas que la organización os había reservado a las grandes figuras de nuestras letras? Pepe Torices y Paz Altés se tuvieron que poner serios contigo, como si fueras una niña chica dispuesta a cometer una travesura. Fue ese día cuando conociste a la mujer que da sentido a mi vida. Os saludasteis y dijiste que tenía los cabellos de fuego y los ojos enamorados más hermosos que jamás habías contemplado. Desde entonces, siempre que nos veíamos, tus primeras palabras eran para preguntarme por la bella mujer de los cabellos de fuego y los ojos enamorados.

Ay, Elena. Cómo no hablar de tu capacidad de entrega, de tu resistencia. Me hablabas a veces de la enfermedad de tu marido, de la unidad del dolor, y mantenías a cubierto los que tú misma sufrías. Y fuiste discreta cuando la soledad arrasó tu hogar. Por eso no me atrevía a llamarte para que participaras en Valladolid sobre ruedas. Pero Pablo, otra vez Pablo, intercedió y dijo que aunque estabas débil y convaleciente de tu última operación, te vendría bien escribir. Y nos escribiste otra historia que hablaba de esa infancia que nunca dejaste del todo atrás y del recuerdo de un coche, como si fuera un elemento mágico que fluyera entre la realidad y la fantasía. Pero no te conformaste con eso. Apoyada en tu muleta, con el andar vacilante y el ánimo firme, decidiste acompañarnos en la presentación de la obra, aunque en la foto de familia, donde volviste a estar arropada por tantos escritores e ilustradores de Valladolid que te admirábamos y respetábamos como la gran dama de las letras castellanas y leonesas que eres, tuvieras que apoyarte en un vetusto Cuatro Cuatro, sin exhalar una queja, sin demandar un trato preferente que otras reinas impostoras hubieran exigido, sin suplicar siquiera un taburete donde acomodar tu cansancio.

Y, por si fuera poco, porque siempre has sido fundamental para CLN, fuiste la estrella invitada en el décimo aniversario, cuando publicamos Una Navidad de diez, y compartiste mesa con tu heredera, Mar Sancho, y con David Acebes y con Santiago Redondo y con Pedro Ojeda, que también quieren participar en este glosario tan hondo como indeseado, porque ninguno hubiera querido tener que escribirlo.

También en 2019, Miguel Asensio y David Acebes Sampedro me dijeron que querían homenajearte con la Mención Rosa Chacel que entrega la ‹‹Asociación Cultural Eclipse›› a la trayectoria literaria de narradores que son o viven en Valladolid. Intercedí un poco turbado, y volví a hablar con Pablo antes que contigo, porque no sabía si un reconocimiento tan modesto como pleno de cariño estaba a la altura de la más grande, de la que había recopilado muchos de los galardones más rutilantes que la inmensa mayoría de los mortales que escribimos quisiéramos atesorar. Pero con esa humildad tuya volviste a aceptar, y te dedicamos un homenaje tan recoleto como sentido en esa Casa de Zorrilla que siempre es nuestra casa, la de todos los que esgrimimos la palabra como arma de libertad y de concordia.

Pero no te conformaste con eso. Entre Miguel, David y tú urdisteis que te sucediera como merecedor de esa mención, y apoyada en un hombro amigo acudiste a la Casa de Zorrilla para darme el relevo. Y bien sabes, querida Elena, que tus palabras fueron el mejor regalo y que ese día vertí escuchándote las lágrimas de felicidad que ahora se han tornado en afligidas, cuando hemos sabido que has decidido marcharte ajena a todo, sin hacer ruido, navegando ya con la imaginación por esos mares de la fantasía a los que siempre recurriste para crear unos ambientes especiales, unas atmósferas idílicas u oníricas en tus poemas, en tus cuentos y en tus novelas. Esa tarde que sentí tu calor, recibiste también el de tanta gente de la Cultura que te quiere y te admira como la gran dama que eres, como la amiga sencilla y generosa que llevaba la gratitud dibujada en su sonrisa.

Nos dejas el legado de tu personalidad ejemplar y de tu obra magnífica e irreprochable. Son tantos títulos a tus espaldas siempre jóvenes. Nos has regalado tantas páginas memorables. Las últimas las publicó Héctor Escobar en Eolas. Sabes que siempre, de un modo muy especial, le tendré un apego diferente a Los delirios de Andrea, esa incursión en el universo cervantino que tuve ocasión de reseñar, esta vez sí, en un periódico grande, con tu foto junto a un cuadro de Pablo Ransa, el pintor que también pintó mucho en tu obra.

Y ahora te vas, y nos dejas desamparados. Y a mí con una deuda que ya nunca podré pagar. Cada vez que me veías últimamente, me echabas en cara que nunca iba a verte a casa. Y yo siempre esgrimía alguna excusa peregrina, porque me daba vergüenza molestarte, invadir como si fuera un intruso tu espacio mágico. Y tú me decías, con ese carácter jovial tan tuyo, con tu palabra vestida de broma, que eras una chica liberal, y que te encantaba recibir la visita de un amigo en casa. Y la última vez que nos vimos, en un bar de Parquesol –Pablo y nuestras parejas son testigos de mi promesa– volviste a insistir, y me comprometí a visitarte, para tomarnos un café y hablar de nuestras cosas, porque para mí suponía un honor tan inmenso como inmerecido que apreciaras mi compañía. Pero llegó la pandemia, el confinamiento, y ya todo se complicó de tal modo que decidí posponer ese café para mejor ocasión y dedicarte en mi último libro un cuento, La señorita Jéster Sú. Le entregué tu ejemplar a Pablo, cuando acudí a León para firmar unos cuantos libros y reencontrarme con buenos amigos comunes. Eso fue el pasado verano. Luego vino el dolor privado y silencioso. Hasta hoy, que ya eres eterna, que te has ido, querida Elena, sin invitarme a ese último café que siempre me dejará en entredicho. Así que no pueden quedar así las cosas. Todavía, por mucho que nos duela esta vez, y hasta sintamos escalofríos al planearlo, a Pablo y a mí nos queda algo por hacer. Y pronto lo verás, desde donde quiera que sigas inundándolo todo de magia y de felicidad con tu mirada y tu sonrisa. Bendita seas, Elena Santiago.

José Ignacio García

Coordinador CLN

Palabras de adiós para Elena Santiago

Escribe en cuento la vida –relato de existencia de cualquier ser humano– esa innombrable moraleja oscura que acaba siempre encontrando acomodo en el último párrafo o en el verso postrero de cada itinerario vital cumplido. Y a pesar de conocerse de antemano su trasfondo, su desenlace, sin ambages muerde, y desgarra, y descuartiza. Cuánto más cuando quien, como Elena Santiago, cierra sin la palabra “fin” el penúltimo capítulo de su existencia –y digo penúltimo porque el último aún está por escribirse– y más cuando ha tenido en aquélla que la nombra, en la palabra propiamente dicha, su más declarada compañera, su motivadora vital, su auténtica amiga de años, tanto en las calles de la prosa como en las del verso.

Quizá es que la propia literatura acarree en su esencia ese imponderable tal que acabe convirtiendo en ley de vida aquello de que tras de “Un camino amarillo” debamos encontrar acomodo en “La última puerta” y sea ésa la única atalaya desde la que podamos contemplar por fin “Las horas quietas” de “Cada invierno”, para acabar por darnos cuenta de que “La oscuridad somos nosotros” y de que quizá ahí radique el ineludible acontecer, el trago más amargo de esos “Ácidos días” que queramos o no, todos tenemos que paladear al cabo. Y hasta tú –Elena– pudieras haber soñado algún siglo cómo sería el contemplar la luz desde tan alto. Pero incluso hasta aquí todo pudiera ser lógico, asumible, lícito, porque en esencia todos somos, por imperfectos y humanos, prosa.

Hasta que un día de enero, pandémico y cerval, como el de hoy mismo, atemperado de frío y de poesía, desperezado en la obviedad del alba, y tras buscarte en la inercia transparente de la escarcha, descubre el mundo atribulado que tú, que tú ya “No estás”. Y se nos enluta de dolor y de gemido el verso. Seguro que te has ido –querida Elena– en el instante mismo de “Después del silencio” dejándonos de abrigo “Ventanas y palabras” como única herencia de la exquisita pulcritud, de la buscada sencillez de tu magistral pluma, en manos de esos “Hombres de viento” y de “Sostenida luz” como albaceas de todo lo que has sabido y querido plasmar, negro sobre blanco, en el ojo avizor de nuestro insano vicio de lectores.

Es evidente que, siquiera por amantes de la palabra en vilo, hemos dejado de ser “Gente oscura” a ojos de ti, leonesa de nacimiento, vallisoletana de afección, ciudadana del mundo, paradigma de “Una mujer malva” que conoce perfectamente de lo que habla y sueña, de lo que escribe y muta, como tu “Manuela y el mundo”. Y es que en este tiempo oblicuo de pandemias y ahoras, sabes bien que “Alguien sube” hasta cualquier abismo, como lo supo “Veva”, o que alguien baja, y deprisa, muy deprisa, hasta el confín del cielo, como “El amante asombrado” impenitente reo de un probable “Amor quieto” como tú bien conoces. Lástima que algunos de esos “Ángeles oscuros” te sorprendieran hoy –querida Elena– brillante, omnipresente, como un ser de otro mundo, vaporosa y en calma, pero abstraída y “Asomada al invierno” de todo lo que es mágico, en aras de ese adiós que despide sin tregua a los mejores, a los más lúcidos, dejándonos de ti, en blanco escalofrío, “La muerte y las cerezas”.

Claro que –y lo sabes muy bien– “Nunca el olvido” hará mella en tu nombre; tu obra habla por ti, de ti, y en ti se encumbra y brilla, como atestigua la plena lucidez de “Los delirios de Andrea”, tu última novela.

Santiago Redondo Vega

La muerte y las cerezas

Sucede en escasas ocasiones. Conocer a alguien y, desde ese instante primero, tener la certeza encendida de haberlo conocido desde siempre. Así me ocurrió cuando, hace un número largo de años, hallé a Elena Santiago en persona. La había recorrido antes en sus libros con la intensidad y la fascinación que delataban su escritura. Quizás no sea difícil intuir a un escritor si se ha leído lo suficiente. En el caso de Elena, la honestidad y el entusiasmo anchuroso de su escribir coincidían plenamente con su gesto de la primera vez. Nos presentaron y me saludó con su sonrisa generosa y varias palabras atinadas. Fue así como quedé prendada de ella, de su claridad, de sus cabellos juveniles, de su verdad abierta ante la vida. Coincidimos después otras veces y, como si una sola palabra hubiese sido capaz de unirnos, nos abrazábamos al encontrarnos. En las entregas de los Premios Castilla y León a las que, como premiada, acostumbraba a asistir, en asuntos literarios y, de una manera más entrañable que las demás, en la posada del proyecto Contamos la Navidad que con tanta ilusión como acierto provoca José Ignacio García. Hace dos Navidades, Elena Santiago iluminaba la presentación del libro en la Casa de Zorrilla en Valladolid. Aquella ocasión fue especial. Quienes participan del proyecto conocen bien como cada año el ritual de relatos navideños tiene algo de fundamental y prodigioso. Elena lo sabía y hacía revolotear a mi querido Ignacio con sus palabras cómplices. Pedro Ojeda y yo la acompañábamos y la admirábamos en la mesa compartida. Aquella tarde aconteció un relato que ella misma podría haber escrito o que cualquiera de nosotros debiéramos escribir pensándola un año venidero. No creo en aquello que perdemos sino en todo lo que permanece. En los libros, en las palabras, en el entusiasmo que guardan y que hacen que la vida aletee. En todos ellos sigo hallando a Elena Santiago, en cada relectura superviviente a la tristeza o en los homenajes que quedaron detenidos y habrán de venir. Así guardo su belleza apalabrada. Me apacigua que el guardián de tanta permanencia sea su hijo Pablo, su amigo y su admirador. Junto a él, intuyo y anhelo la perseverancia de muchos otros amigos incondicionales tanto de la mujer como de la escritora, fuerte y tierna, imprescindible y arrebatadora. “Nunca el olvido”. Eres siempre, mi querida Elena.

Mar Sancho

¡Que nunca escuches tu propio olvido!

Conocí a Elena Santiago por mediación y el buen hacer del escritor José Ignacio García. Pocas veces se tiene el privilegio de conocer a una gran escritora, a todo un Premio de las Letras de Castilla y León. Yo lo tuve y, si esto no fuera poco, tuve también el honor de participar en el sentido homenaje que algunos letraheridos de la ciudad le rendimos en nuestra querida Casa Zorrilla en septiembre de 2019. Fueron momentos inolvidables y creo que muy felices para ella, pues percibió sin duda el afecto y la admiración de los allí presentes. Sin embargo, si por algo he de recordarla, será ante todo por su cercanía y complicidad. En las escasas ocasiones que coincidí con ella tuvo para mí palabras de cariño y apoyo, por las que estaré siempre agradecido. Hoy, cuando lamentamos su pérdida, me retumba en la cabeza el verso que ella misma le dedicó a la memoria de su añorada Rosa Chacel. ¡Que nunca escuche su propio olvido! Que así sea. Como admiradores suyos, como sus más firmes devotos, es nuestro deber, nuestra obligación moral, la de hacer todo lo posible para que su obra y su recuerdo no caigan nunca en el olvido.

David Acebes Sampedro

Coordinador adjunto y responsable de redes de CLN

El secreto que escondía la sonrisa de Elena Santiago

Elena tenía la luz de la sonrisa en su rostro y un mirar y un decir sosegado, pero guardaba un secreto que se iba revelando en la conversación en cuanto pasaba de los minutos iniciales. Sucedía lo mismo con sus textos. Las palabras, en ellos, se sucedían de forma asombrosamente precisa para situarte en el centro de algo que, de pronto, te asaltaba. Fuera de lo que fuera aquello que decía o escribía, incluso en los temas que nos revelaban los lados oscuros del ser humano, crecía la poesía dentro como una planta fresca y vigorosa cuyas raíces habían penetrado en la tierra para extraer la maravilla, que presentaba con la sencilla naturalidad de quien se sabe en este mundo con el secreto del origen más poderoso de la palabra. Siempre que coincidí con ella, sentía esa natural posesión del misterio de la expresión, como siempre que abría cualquier relato suyo. Se nos ha ido ahora y solo nos quedará el testimonio escrito y el recuerdo permanente de su presencia. Incluso cuando callaba, uno percibía esa calidad del centro de gravedad de la palabra exacta y de la presencia atenta al mundo.

Pedro Ojeda Escudero

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